Después de ver como la marca Barbour saca a la venta una cazadora edición limitada para la boda real de Meghan Markle y el príncipe Harry, hemos querido rescatar la historia del impermeable más famoso y monárquico del mundo. Ese que tanto gusta a la Reina de Inglaterra y a su cónyuge, el Duque de Edimburgo.

 

Firma que inició su andadura en 1894 fabricando prendas impermeables para pescadores y cazadores. Y con el lema: “El Barbour no se lava, se encera” consiguió alzarse como la marca de abrigos más importante del mercado. Pero esto no fue de la noche a la mañana.

 

Un éxito que estaba muy por encima de las miras que tenía la familia Barbour cuando en 1908, decidió utilizar sus talleres de confección para crear prendas enceradas destinadas al motor. Lo hicieron en South Shields, su sede actual en el nordeste de Inglaterra. No sería hasta 1940, cuando Duncan Barbour diseñó y presentó el primer mono de motociclismo que comenzó a comercializarse también en dos piezas separadas. Y el mundo se enamoró de la prenda de arriba, la que con el trascurso de los años sería parte del uniforme de los militares en la Segunda Guerra Mundial. El arte de color verde oscuro encerado que repele la lluvia, quería hacer historia.

 

Años más tarde, a finales del siglo XX, la prenda de la campiña inglesa llamaba a las puertas del olimpo. Y por arte de magia o más bien de mecenas (actualmente serían influencers) como Lady Di o Steve McQueen consiguieron que el Barbour International no fuese un abrigo más. Era la joya más preciada de la corona.

 

Mecenas como Lady Di o Steve McQueen transportaron el abrigo Barbour a las más altas esferas

 

 

Con el paso del segundero, se vinculó a esas tardes de fin de semana entre arboledas y con el galgo bien cerca.  Pero todo parecía presagiar con el cambio de siglo, el entierro de esta prenda llamada solo al posh country inglés. No fue así. Un renacer imparable surgió gracias a referentes de estilo como Alexa Chung o Kate Moss que impulsaron la marca dotándola de un concepto mucho más transgresor. Ya no estaba destinado al campo, la ciudad tenía mono y hambre de Barbour.

 

 

 

Todo el mundo tenía como objeto de deseo de esta prenda, las ventas ascendieron como la espuma e incluso los más avispados rescataron del baúl de sus abuelos ese que necesitaba una reparación urgente. Pero daba igual, cuanto más viejo y usado mejor. Y sino que se lo digan a la Reina de Inglaterra. La firma inglesa quiso en 2012 regalarle uno nuevo, pero esta lo tenía claro: God save my Barbour!

 

 

 

 

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